viernes, 8 de agosto de 2025

Arterias y venas: 

el viaje que continúa más allá de la vida


Las arterias son como grandes carreteras internas que recorren todo nuestro cuerpo. En vida, su misión es llevar la sangre desde el corazón hasta cada rincón, cargada de oxígeno y nutrientes, como si fueran camiones que reparten alimento y energía a cada célula. Son fuertes y elásticas, capaces de soportar la presión con la que el corazón impulsa la sangre, y no se colapsan fácilmente porque su estructura es firme. Gracias a ellas, todos nuestros órganos y tejidos reciben lo que necesitan para funcionar, desde el cerebro hasta la punta de los pies.

Cuando la vida se apaga, esas mismas arterias que durante tantos años trabajaron sin descanso siguen teniendo un papel muy importante, aunque ya no sea para alimentar, sino para cuidar y preservar. En el trabajo de la tanatopraxia, se utiliza este sistema de “carreteras” para distribuir con suavidad un líquido especial que ayuda a detener la descomposición y a mantener la apariencia del cuerpo. Este proceso se hace con un profundo respeto, eligiendo normalmente arterias como la carótida en el cuello o la femoral en la pierna, que permiten que el líquido llegue de forma uniforme a todos los tejidos.

Así, las arterias, que en vida fueron caminos de vida, se convierten después en canales que nos permiten ofrecer una última atención. Al recorrer nuevamente el cuerpo, ahora sin prisa, este líquido sustituye la sangre, limpia, conserva y devuelve un aspecto sereno, preparado para que familiares y seres queridos puedan despedirse con paz. No es un acto frío ni mecánico, sino una manera de acompañar al cuerpo en su último trayecto, utilizando lo que la propia naturaleza nos dio para que el adiós sea más digno y lleno de cuidado.

Ahora bien, las venas son como los caminos de regreso del gran viaje que hace la sangre por nuestro cuerpo. Si las arterias llevan la vida desde el corazón hacia fuera, las venas hacen el recorrido inverso, trayendo la sangre de vuelta para que pueda renovarse. No necesitan paredes tan gruesas ni tanta fuerza, porque la sangre ya no va con la presión de la salida; avanza con calma, ayudada por pequeñas válvulas internas que impiden que retroceda, como si fueran compuertas que guían su camino. Gracias a ellas, todo lo que ya ha sido usado por las células vuelve al corazón y a los pulmones, donde se limpia y se oxigena de nuevo.

Después de la muerte, las venas también conservan su importancia, aunque su papel cambie por completo. En la tanatopraxia, mientras las arterias se utilizan para introducir el líquido conservante, las venas se convierten en la vía por la que la sangre abandona el cuerpo. Es un trabajo en conjunto: lo que entra por las arterias empuja suavemente lo que sale por las venas. Este proceso, realizado con gran cuidado y respeto, permite que los tejidos se limpien y que el cuerpo pueda recibir ese último gesto de preservación.

Podría decirse que, así como en vida las venas llevan de vuelta lo que necesita ser purificado, después de la muerte ayudan a liberar lo que ya no es necesario, dejando espacio para que el cuerpo sea tratado con delicadeza y preparado para su despedida. No es solo una función física; es también, en cierto modo, un acto de alivio, un último servicio silencioso que contribuye a que la persona pueda ser presentada de la manera más serena y cuidada posible.

miércoles, 6 de agosto de 2025

 

¿Cuál es la diferencia entre trabajar con personas vivas y personas que no lo están?

A simple vista, parecería que no hay comparación posible: una persona viva respira, se mueve, puede responder. Una persona fallecida ya no está, al menos no de la forma que conocemos. ¿Qué podrían tener en común?

La respuesta fácil sería: todo es diferente.
Pero si miramos con más atención, desde el lugar del cuidado y del respeto, quizás no lo sea tanto.

Cuando la vida no se expresa como solía

He trabajado cuidando personas con demencias avanzadas. Personas que no pueden decidir por sí mismas, que no saben lo que ocurre a su alrededor, que no eligen ni la ropa que van a vestir ni los alimentos que van a comer. En muchos casos, tampoco recuerdan quiénes son ni por qué están ahí.
Y sin embargo, siguen siendo personas. Con historia. Con identidad. Con derechos. Con dignidad.

Del mismo modo, he estado frente a cuerpos sin vida, en una mesa de tanatopraxia, donde tampoco hay decisiones ni respuestas. Allí, también alguien más ha autorizado qué ropa se pondrá, cómo se despedirá, cuál será el ritual. Pero ese cuerpo sigue siendo el cuerpo de alguien. Y por eso, también merece el mismo trato: con respeto, con cuidado, con humanidad.

A un anciano con demencia se le habla aunque no responda. Se le cuenta lo que se va a hacer: “Vamos a lavarte un poco”, “Ahora te pongo la chaqueta, hace fresquito”. Aunque no entienda, aunque no escuche.

Con una persona fallecida, hago lo mismo. Le hablo. Le pido permiso antes de mover su cuerpo, antes de vestirle, antes de hacer cualquier cosa. No porque espere una respuesta, sino porque sigo viendo una presencia que merece ser reconocida.

¿La muerte borra los derechos? ¿La enfermedad mental nos vuelve objetos?

Yo creo que no. De hecho, creo que es justo en esos momentos de vulnerabilidad absoluta cuando más necesitan una voz que los proteja, un gesto que los honre, una mano que cuide.

Lo único que cambia… es la respuesta. Tal vez la mayor diferencia es que el anciano, en algún momento de lucidez, te regala una sonrisa.

Y sí, eso es un regalo que toca el alma.
Pero también, en el otro lado, en ese cuerpo que ya no sonríe, también dibujamos una sonrisa final. No para él, sino para los que lo amaron, para quienes vendrán a despedirse. Y en ese gesto, también hay humanidad.

 "La crítica como espejo: lo que dices de mí, dice más de ti"


A veces me detengo a pensar en esa necesidad constante de algunos por señalar lo que está bien y lo que está mal. Como si existiera un manual universal escrito por alguien que, mágicamente, tiene todas las respuestas. ¿Quién decide lo que es correcto? ¿Bajo qué criterios? ¿Desde qué punto de vista?

Lo más curioso es que muchas veces, esas personas que tan fácilmente critican las decisiones de los demás, no son necesariamente más sabias, ni más felices, ni más libres. Simplemente hablan desde sus propios miedos, desde sus frustraciones, desde sus inseguridades. Y lo que es peor, lo hacen como si su opinión fuera una sentencia.

Hay algo muy dañino en esa costumbre de juzgar al otro solo porque elige diferente. Como si para que una persona se sienta segura, el resto tuviera que dudar. Como si para que alguien se sienta válido, otros tuvieran que sentirse equivocados.

¿Por qué tiene que dolerle a alguien mi bienestar? ¿Por qué tiene que parecer una amenaza el hecho de que yo me sienta bien con mis decisiones, con mis elecciones, con mi forma de vivir? ¿No podríamos, de una vez, permitirnos estar bien todos al mismo tiempo, sin competir, sin aplastar, sin disminuir al otro?

La crítica muchas veces no nace de una intención constructiva. Nace del vacío. Del deseo de proyectar hacia afuera lo que no se sabe resolver por dentro. Y por eso, cuando alguien te dice que lo que haces está mal, tal vez en realidad está diciendo que desearía tener el valor de hacer algo parecido. O simplemente no puede tolerar que tú sí te atrevas.

No se trata de negar los errores, ni de pensar que todo vale. Se trata de reconocer que hay muchas formas de vivir, y que el respeto empieza cuando dejamos de usar nuestras propias inseguridades como armas contra los demás. Al menos eso pienso yo.

lunes, 4 de agosto de 2025

 

Los juicios que hacemos: entre lo que creemos y lo que debemos hacer


A veces me sorprendo juzgando sin querer. Es como un reflejo que se activa antes de que pueda detenerlo. Veo una actitud, una palabra, una decisión, y en mi cabeza ya se forma una opinión. Rápida. Automática. A veces dura. A veces protectora.


Y es que todos, queramos o no, estamos llenos de juicios. Están construidos con nuestras vivencias, con lo que nos enseñaron, con lo que creemos que está bien o mal. Forma parte de ser humanos. Lo complicado es que no siempre nos damos cuenta de que esos juicios no son absolutos. No son verdades universales. Son simplemente eso: nuestras percepciones filtradas por lo que somos.

Pero cuando una trabaja con personas —ya sea en cuidados, en salud, o en lo social— se enfrenta a algo más grande: la ética profesional. Esa que a veces nos pide poner en pausa lo que sentimos para poder actuar con respeto, sin daño, sin invadir el mundo del otro. Y no siempre es fácil.

Porque ¿Qué pasa cuando lo que veo me duele? ¿Cuándo algo me parece injusto, o incorrecto, o cruel, y sin embargo tengo que callar, acompañar o actuar desde la neutralidad? ¿Cómo se convive con eso? La ética profesional no me exige que deje de sentir, pero sí que aprenda a manejar lo que siento. Que no imponga mis valores, que no juzgue, que escuche. A veces, incluso, que me calle. Y eso... también duele.

No se trata de apagar mi humanidad. Al contrario. Se trata de ponerla al servicio del otro, sin aplastarlo con mi visión del mundo. Ser profesional, al menos para mí, es caminar sobre esa cuerda floja donde se cruzan mi ética moral (la mía, personal, emocional) y la profesional. Es preguntarme todo el tiempo: ¿desde dónde estoy actuando? ¿Desde lo que creo o desde lo que necesita el otro?

Hay días en los que esa tensión me descoloca. Y otros en los que agradezco haber aprendido a observar sin condenar, a estar sin invadir. Porque si algo he entendido en este camino es que nadie necesita que lo juzguen cuando está roto. Solo necesita que alguien lo mire sin miedo.

domingo, 3 de agosto de 2025

       La perfección que perdura

Y aun cuando la vida se va… el cuerpo permanece. En silencio, sí. Sin movimiento, sin respiración. Pero incluso entonces, sigue siendo perfecto.

La muerte no borra la belleza del cuerpo humano. Solo la transforma. Porque ese cuerpo, el que fue refugio, herramienta, vehículo del alma, merece también ser honrado en su quietud. Merece cuidado, respeto, y sobre todo, dignidad.

En este punto aparece algo que para muchos es desconocido, pero profundamente humano: la tanatopraxia. Ese arte —porque sí, también es un arte— de preparar el cuerpo después del fallecimiento. No es solo una técnica, no es solo higiene o estética: es un acto de amor hacia quien se fue y hacia quienes quedan.

Cuando se realiza con vocación, la tanatopraxia es una manera de devolver al cuerpo la paz que tal vez no tuvo al final. Es permitirle descansar con la serenidad que merece. Es darle tiempo a la familia para despedirse sin miedo, sin prisa, sin huir de lo que somos todos: seres humanos finitos.

Y qué curioso… hasta en la muerte, el cuerpo sigue hablándonos. Nos enseña sobre la fragilidad, sobre el ciclo, sobre cómo algo que fue tan lleno de vida puede ahora convertirse en memoria. No como algo trágico, sino como algo sagrado.

Hay una profunda perfección en esa última etapa. Porque el cuerpo, incluso ya sin vida, sigue conectando, sigue ayudando a cerrar capítulos, a sanar, a comprender. La piel, los rasgos, el olor… todo eso permanece por un instante más, permitiendo un adiós que se parezca más a un “gracias”.

La muerte no rompe la perfección del cuerpo humano. Solo la deja quieta. Y en ese silencio, también hay belleza.

Lo perfecto del cuerpo humano

A veces, entre tanto ruido, entre tantas exigencias, se nos olvida mirar con asombro lo que somos. Olvidamos que habitamos una máquina perfecta, sabia, que funciona con una precisión que ni la mejor de las tecnologías ha podido igualar. Nuestro cuerpo. Ese que a menudo criticamos, que señalamos con dureza frente al espejo, sin detenernos a pensar todo lo que hace por nosotros, cada día.

El cuerpo humano es una sinfonía en equilibrio. Cada célula sabe lo que tiene que hacer. Cada órgano trabaja en sincronía. El corazón late sin que se lo pidamos, los pulmones se llenan de aire y se vacían, una y otra vez, y nosotros, muchas veces, ni lo notamos. Caminamos, pensamos, sentimos… todo eso sucede dentro de nosotros, sin que tengamos que recordárselo.

¿Te has dado cuenta de que cuando te cortas, tu piel empieza a sanar sola? ¿O de que puedes sentir el sol en la cara, el frío en las manos, el cosquilleo de una emoción recorriéndote? Somos sensibilidad, somos inteligencia, somos movimiento.

Y aun así, nos empeñamos en compararnos. En pensar que deberíamos ser más altos, más delgados, más jóvenes. En cambiar lo que ya es, en lugar de aprender a admirarlo. Pero no hay dos cuerpos iguales. Y eso también es parte de su perfección.

El cuerpo no solo nos sostiene: nos habla. Nos avisa cuando algo no va bien. Nos pide descanso, alimento, caricias, aire. Y si lo escucháramos más, si dejáramos de pelear tanto con él, quizá podríamos reconciliarnos con nosotros mismos.

Porque lo perfecto del cuerpo humano no es que sea igual a un modelo, ni que encaje en una talla. Lo perfecto es que está vivo. Que se adapta, se defiende, se entrega. Que a pesar de todo lo que le hacemos pasar —estrés, malas comidas, insomnio, exigencias— sigue ahí, acompañándonos.

sábado, 2 de agosto de 2025

 

"Bienvenidos a mi espacio de reflexión y experiencias"

Durante mucho tiempo, me he planteado la idea de crear un blog donde pueda compartir un poco de todo: mis vivencias, mis experiencias, mi día a día, mi trabajo, y, sobre todo, mis pensamientos. Un espacio donde pueda ser yo misma, sin filtros, hablando de lo que siento y pienso.

 Creo que la vida es tan compleja que, en ocasiones, sentimos que estamos solos con nuestros pensamientos, como si nuestras experiencias fueran únicas y nadie más pudiera entendernos. Sin embargo, a lo largo del tiempo he descubierto que eso no es cierto. Todos pasamos por momentos similares, enfrentamos retos comunes y, a veces, solo necesitamos encontrar a alguien con quien conectarnos, alguien que haya vivido algo parecido y que nos haga sentir que no estamos solos.

 Este blog es mi intento de crear ese espacio. Un lugar donde pueda compartir no solo mis historias, sino también esas reflexiones que surgen en medio de la rutina, en esos momentos de calma, o incluso en los días más complicados.

 Mi deseo es que, al leer estas palabras, encuentres algo que te haga sentir identificado, algo que te dé ese respiro, ese aire fresco que necesitamos cuando las cosas se sienten pesadas. Porque la vida es un viaje lleno de altibajos, pero no tenemos que recorrerlo en soledad.

Arterias y venas:  el viaje que continúa más allá de la vida Las arterias son como grandes carreteras internas que recorren todo nuestro cue...