¿Cuál es la diferencia entre trabajar con personas vivas y personas que no lo están?
A simple vista, parecería que no hay comparación posible: una persona viva respira, se mueve, puede responder. Una persona fallecida ya no está, al menos no de la forma que conocemos. ¿Qué podrían tener en común?
La respuesta fácil sería: todo es diferente.
Pero si miramos con más atención, desde el lugar del cuidado y del respeto, quizás no lo sea tanto.
Cuando la vida no se expresa como solía
He trabajado cuidando personas con demencias avanzadas. Personas que no pueden decidir por sí mismas, que no saben lo que ocurre a su alrededor, que no eligen ni la ropa que van a vestir ni los alimentos que van a comer. En muchos casos, tampoco recuerdan quiénes son ni por qué están ahí.
Y sin embargo, siguen siendo personas. Con historia. Con identidad. Con derechos. Con dignidad.
Del mismo modo, he estado frente a cuerpos sin vida, en una mesa de tanatopraxia, donde tampoco hay decisiones ni respuestas. Allí, también alguien más ha autorizado qué ropa se pondrá, cómo se despedirá, cuál será el ritual. Pero ese cuerpo sigue siendo el cuerpo de alguien. Y por eso, también merece el mismo trato: con respeto, con cuidado, con humanidad.
A un anciano con demencia se le habla aunque no responda. Se le cuenta lo que se va a hacer: “Vamos a lavarte un poco”, “Ahora te pongo la chaqueta, hace fresquito”. Aunque no entienda, aunque no escuche.
Con una persona fallecida, hago lo mismo. Le hablo. Le pido permiso antes de mover su cuerpo, antes de vestirle, antes de hacer cualquier cosa. No porque espere una respuesta, sino porque sigo viendo una presencia que merece ser reconocida.
¿La muerte borra los derechos? ¿La enfermedad mental nos vuelve objetos?
Yo creo que no. De hecho, creo que es justo en esos momentos de vulnerabilidad absoluta cuando más necesitan una voz que los proteja, un gesto que los honre, una mano que cuide.
Lo único que cambia… es la respuesta. Tal vez la mayor diferencia es que el anciano, en algún momento de lucidez, te regala una sonrisa.
Y sí, eso es un regalo que toca el alma.
Pero también, en el otro lado, en ese cuerpo que ya no sonríe, también dibujamos una sonrisa final. No para él, sino para los que lo amaron, para quienes vendrán a despedirse. Y en ese gesto, también hay humanidad.
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