"La crítica como espejo: lo que dices de mí, dice más de ti"
A veces me detengo a pensar en esa necesidad constante de algunos por señalar lo que está bien y lo que está mal. Como si existiera un manual universal escrito por alguien que, mágicamente, tiene todas las respuestas. ¿Quién decide lo que es correcto? ¿Bajo qué criterios? ¿Desde qué punto de vista?
Lo más curioso es que muchas veces, esas personas que tan fácilmente critican las decisiones de los demás, no son necesariamente más sabias, ni más felices, ni más libres. Simplemente hablan desde sus propios miedos, desde sus frustraciones, desde sus inseguridades. Y lo que es peor, lo hacen como si su opinión fuera una sentencia.
Hay algo muy dañino en esa costumbre de juzgar al otro solo porque elige diferente. Como si para que una persona se sienta segura, el resto tuviera que dudar. Como si para que alguien se sienta válido, otros tuvieran que sentirse equivocados.
¿Por qué tiene que dolerle a alguien mi bienestar? ¿Por qué tiene que parecer una amenaza el hecho de que yo me sienta bien con mis decisiones, con mis elecciones, con mi forma de vivir? ¿No podríamos, de una vez, permitirnos estar bien todos al mismo tiempo, sin competir, sin aplastar, sin disminuir al otro?
La crítica muchas veces no nace de una intención constructiva. Nace del vacío. Del deseo de proyectar hacia afuera lo que no se sabe resolver por dentro. Y por eso, cuando alguien te dice que lo que haces está mal, tal vez en realidad está diciendo que desearía tener el valor de hacer algo parecido. O simplemente no puede tolerar que tú sí te atrevas.
No se trata de negar los errores, ni de pensar que todo vale. Se trata de reconocer que hay muchas formas de vivir, y que el respeto empieza cuando dejamos de usar nuestras propias inseguridades como armas contra los demás. Al menos eso pienso yo.
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