lunes, 4 de agosto de 2025

 

Los juicios que hacemos: entre lo que creemos y lo que debemos hacer


A veces me sorprendo juzgando sin querer. Es como un reflejo que se activa antes de que pueda detenerlo. Veo una actitud, una palabra, una decisión, y en mi cabeza ya se forma una opinión. Rápida. Automática. A veces dura. A veces protectora.


Y es que todos, queramos o no, estamos llenos de juicios. Están construidos con nuestras vivencias, con lo que nos enseñaron, con lo que creemos que está bien o mal. Forma parte de ser humanos. Lo complicado es que no siempre nos damos cuenta de que esos juicios no son absolutos. No son verdades universales. Son simplemente eso: nuestras percepciones filtradas por lo que somos.

Pero cuando una trabaja con personas —ya sea en cuidados, en salud, o en lo social— se enfrenta a algo más grande: la ética profesional. Esa que a veces nos pide poner en pausa lo que sentimos para poder actuar con respeto, sin daño, sin invadir el mundo del otro. Y no siempre es fácil.

Porque ¿Qué pasa cuando lo que veo me duele? ¿Cuándo algo me parece injusto, o incorrecto, o cruel, y sin embargo tengo que callar, acompañar o actuar desde la neutralidad? ¿Cómo se convive con eso? La ética profesional no me exige que deje de sentir, pero sí que aprenda a manejar lo que siento. Que no imponga mis valores, que no juzgue, que escuche. A veces, incluso, que me calle. Y eso... también duele.

No se trata de apagar mi humanidad. Al contrario. Se trata de ponerla al servicio del otro, sin aplastarlo con mi visión del mundo. Ser profesional, al menos para mí, es caminar sobre esa cuerda floja donde se cruzan mi ética moral (la mía, personal, emocional) y la profesional. Es preguntarme todo el tiempo: ¿desde dónde estoy actuando? ¿Desde lo que creo o desde lo que necesita el otro?

Hay días en los que esa tensión me descoloca. Y otros en los que agradezco haber aprendido a observar sin condenar, a estar sin invadir. Porque si algo he entendido en este camino es que nadie necesita que lo juzguen cuando está roto. Solo necesita que alguien lo mire sin miedo.

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