domingo, 3 de agosto de 2025

       La perfección que perdura

Y aun cuando la vida se va… el cuerpo permanece. En silencio, sí. Sin movimiento, sin respiración. Pero incluso entonces, sigue siendo perfecto.

La muerte no borra la belleza del cuerpo humano. Solo la transforma. Porque ese cuerpo, el que fue refugio, herramienta, vehículo del alma, merece también ser honrado en su quietud. Merece cuidado, respeto, y sobre todo, dignidad.

En este punto aparece algo que para muchos es desconocido, pero profundamente humano: la tanatopraxia. Ese arte —porque sí, también es un arte— de preparar el cuerpo después del fallecimiento. No es solo una técnica, no es solo higiene o estética: es un acto de amor hacia quien se fue y hacia quienes quedan.

Cuando se realiza con vocación, la tanatopraxia es una manera de devolver al cuerpo la paz que tal vez no tuvo al final. Es permitirle descansar con la serenidad que merece. Es darle tiempo a la familia para despedirse sin miedo, sin prisa, sin huir de lo que somos todos: seres humanos finitos.

Y qué curioso… hasta en la muerte, el cuerpo sigue hablándonos. Nos enseña sobre la fragilidad, sobre el ciclo, sobre cómo algo que fue tan lleno de vida puede ahora convertirse en memoria. No como algo trágico, sino como algo sagrado.

Hay una profunda perfección en esa última etapa. Porque el cuerpo, incluso ya sin vida, sigue conectando, sigue ayudando a cerrar capítulos, a sanar, a comprender. La piel, los rasgos, el olor… todo eso permanece por un instante más, permitiendo un adiós que se parezca más a un “gracias”.

La muerte no rompe la perfección del cuerpo humano. Solo la deja quieta. Y en ese silencio, también hay belleza.

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